Año 3

Nº 30

Julio 2009  
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Los monstruos familiares
Por Federico Ferroggiaro (*)
 


 

 
 
 

Los monstruos salen de sus escondites. El mundo se horroriza, se sorprende y busca un gesto del repertorio que pueda sintetizar el espanto que se experimenta ante lo que se aborrece. Un buen día, Josef Fritzl, un abuelito caucásico de Amstetten (Austria), es arrestado y juzgado por haber mantenido secuestrada, durante veinticuatro años, a una de sus hijas y, para agravar el caso, haber engendrado con ella siete hijos, uno de los cuáles quemó, al nacer, en la caldera de su propia casa. Otro día, la noticia se traslada de la lejana Austria a la Argentina y, en Mendoza, aparece otro hombre, también mayor, acusado de haber sometido sexualmente, por más de veinte años, a una de sus hijas, dándole siete hijos-nietos. Entre medio, antes o después, la vorágine de los informativos derrumba la noción del tiempo; en la Universidad de Virginia Tech, en Estados Unidos, un joven estudiante, celebra una matanza en el comedor, asesinando a treinta y dos de sus compañeros de estudio. A ése lo siguen y lo preceden otros, en escuelas y campus de Europa o de América que, presos de la misma fiebre irracional, sacan una mañana un arma de su bolso o su casillero, y se lanzan en un demencial periplo asesino. Después, cuando ya es tarde, aparecen los blogs y las fotos en las que esos muchachos, tan parecidos a cualquier adolescente que pasea por estas calles, anunciaban o prometían concretar sus sanguinarias “hazañas” y, por supuesto, nadie les creía.

Es estéril, innecesario, esbozar una cronología. Los monstruos están entre nosotros, o nosotros somos también monstruos en potencia, latentes, que en cualquier momento podemos saltar del anonimato a las crónicas policiales. Absurdo sería pensarnos a salvo, decir “¿yo?, no, imposible”, porque en el fondo ignoramos, quizás afortunadamente, qué mecanismos operan en aquellos que, un día cualquiera, salen a la luz convertidos en monstruos. La única certeza es que, ya sea en Virginia, en Mendoza o en Amstetten, los monstruos andan sueltos cometiendo atrocidades que, tarde o temprano, se vuelven públicas. Los medios nos informan, por supuesto, y eso que podía parecernos lejano, remoto, imposible, ocupa la primera plana del diario local y se reproduce en la pantalla del televisor que vemos antes de acostarnos o durante la cena en familia. Aunque resulte freudiano, caemos en la familiaridad del horror, o ante el horror frente a lo que se ha convertido en familiar. De un modo u otro, familiarizados con el horror, ¿qué puede espantarnos, qué puede sorprendernos? El Kurtz de Conrad (Joseph), en El corazón de las tinieblas, desligándolo de su génesis colonialista, del símbolo en que se convierte tras las lecturas y las interpretaciones, ya no nos parece ni tan terrible ni tan perverso. El personaje de la novela El extraño caso de Charles Dexter Ward de H. P. Lovecraft, con su tráfico de cadáveres y su afectado vampirismo, no es más que una hipérbole anacrónica del anciano austríaco que encierra y abusa de sus hijos. Ni qué decir de las fábulas de Bram Stoker o Mary Shelley que desdibujan al monstruo al punto de que hoy pierde cualquier verosimilitud posible.  

Siendo apocalípticos, podríamos pensar que esta familiaridad con el horror consolida la absoluta desconfianza en el “otro”: hasta el caucásico Fritzl o el compatriota mendocino pueden ser monstruos que sólo tenemos que descubrir con las manos… donde sea. Universal y dominante, el horror al monstruo (familiar) profundiza la incertidumbre, la sensación de inseguridad –algo tan “familiar”, y valga la redundancia, en estos tiempos-, de desamparo ante lo conocido que esconde a lo desconocido. Esta ubicuidad del monstruo permite reponer el terror de los absolutismos, de las inquisiciones. Y si la demonización del “otro”, del extraño, del distinto, ha sido el sustento –o un frecuente ejercicio- de los regímenes totalitarios, es lícito interrogarse qué hay debajo o detrás del monstruo familiar, cotidiano, cuando el “otro” no es tan otro y se parece a cualquiera, a nosotros mismos. El “otro” que, como yo, parece bueno, se cree bueno, se siente bueno, también es digno de nuestra desconfianza, en el fondo, de nuestro miedo. Miedo que paraliza y aísla, que empuja al encierro, a no sentirnos a salvo ni siquiera entre las paredes de nuestra casa porque, hasta “Casa tomada”, cuento canónico de Julio Cortázar, suspende su lectura en clave política o social para interpretarse desde una perspectiva más inmediata, más vigente: la policial; ¿qué otra cosa que ladrones o asesinos o violadores pueden ser los que están “tomando” la casa?

El sistema que nos resguarda y protege, a través de la Justicia, condena y recluye al monstruo. Los medios de comunicación, por su parte, reemplazándolo en los titulares por uno nuevo, más o menos cruel que el anterior pero signo de lo mismo, lo arroja al olvido para resucitarlo, diez o treinta años después, como a Robledo Puch o al clan Puccio, para engrosar las crónicas rojas del día. A nosotros nos queda el temor, el horror o el consuelo de pensar que la excepción no tiene por qué ser la regla. O esa indiferencia de doble filo que nos lleva a enfrentar el siguiente horror, el siguiente monstruo, cotidiano o literario, encogiendo los hombros, como si nada. Cualquiera puede ser el monstruo, incluso yo –la diferencia no está más que en los actos- pero esta vez, soy inocente. Por las dudas, una de estas noches, bajaremos al sótano de casa, en puntas de pie sólo para revisar si no escondemos algo monstruoso, a una hija maniatada o un arma que, cualquier día de estos, puede ponerse a disparar.  

 
 

  (*) Federico Gonzalo  Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)

 
 
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