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Los monstruos salen de sus escondites. El mundo se
horroriza, se sorprende y busca un gesto del repertorio que
pueda sintetizar el espanto que se experimenta ante lo que
se aborrece. Un buen día, Josef Fritzl, un abuelito
caucásico de Amstetten (Austria), es arrestado y juzgado por
haber mantenido secuestrada, durante veinticuatro años, a
una de sus hijas y, para agravar el caso, haber engendrado
con ella siete hijos, uno de los cuáles quemó, al nacer, en
la caldera de su propia casa. Otro día, la noticia se
traslada de la lejana Austria a la Argentina y, en Mendoza,
aparece otro hombre, también mayor, acusado de haber
sometido sexualmente, por más de veinte años, a una de sus
hijas, dándole siete hijos-nietos. Entre medio, antes o
después, la vorágine de los informativos derrumba la noción
del tiempo; en la Universidad de Virginia Tech, en Estados
Unidos, un joven estudiante, celebra una matanza en el
comedor, asesinando a treinta y dos de sus compañeros de
estudio. A ése lo siguen y lo preceden otros, en escuelas y
campus de Europa o de América que, presos de la misma fiebre
irracional, sacan una mañana un arma de su bolso o su
casillero, y se lanzan en un demencial periplo asesino.
Después, cuando ya es tarde, aparecen los blogs y las fotos
en las que esos muchachos, tan parecidos a cualquier
adolescente que pasea por estas calles, anunciaban o
prometían concretar sus sanguinarias “hazañas” y, por
supuesto, nadie les creía.
Es
estéril, innecesario, esbozar una cronología. Los monstruos
están entre nosotros, o nosotros somos también monstruos en
potencia, latentes, que en cualquier momento podemos saltar
del anonimato a las crónicas policiales. Absurdo sería
pensarnos a salvo, decir “¿yo?, no, imposible”, porque en el
fondo ignoramos, quizás afortunadamente, qué mecanismos
operan en aquellos que, un día cualquiera, salen a la luz
convertidos en monstruos. La única certeza es que, ya sea en
Virginia, en Mendoza o en Amstetten, los monstruos andan
sueltos cometiendo atrocidades que, tarde o temprano, se
vuelven públicas. Los medios nos informan, por supuesto, y
eso que podía parecernos lejano, remoto, imposible, ocupa la
primera plana del diario local y se reproduce en la pantalla
del televisor que vemos antes de acostarnos o durante la
cena en familia. Aunque resulte freudiano, caemos en la
familiaridad del horror, o ante el horror frente a lo que se
ha convertido en familiar. De un modo u otro, familiarizados
con el horror, ¿qué puede espantarnos, qué puede
sorprendernos? El Kurtz de Conrad (Joseph), en El corazón
de las tinieblas, desligándolo de su génesis
colonialista, del símbolo en que se convierte tras las
lecturas y las interpretaciones, ya no nos parece ni tan
terrible ni tan perverso. El personaje de la novela El
extraño caso de Charles Dexter Ward de H. P. Lovecraft,
con su tráfico de cadáveres y su afectado vampirismo, no es
más que una hipérbole anacrónica del anciano austríaco que
encierra y abusa de sus hijos. Ni qué decir de las fábulas
de Bram Stoker o Mary Shelley que desdibujan al monstruo al
punto de que hoy pierde cualquier verosimilitud posible.
Siendo apocalípticos, podríamos pensar que esta familiaridad
con el horror consolida la absoluta desconfianza en el
“otro”: hasta el caucásico Fritzl o el compatriota mendocino
pueden ser monstruos que sólo tenemos que descubrir con las
manos… donde sea. Universal y dominante, el horror al
monstruo (familiar) profundiza la incertidumbre, la
sensación de inseguridad –algo tan “familiar”, y valga la
redundancia, en estos tiempos-, de desamparo ante lo
conocido que esconde a lo desconocido. Esta ubicuidad del
monstruo permite reponer el terror de los absolutismos, de
las inquisiciones. Y si la demonización del “otro”, del
extraño, del distinto, ha sido el sustento –o un frecuente
ejercicio- de los regímenes totalitarios, es lícito
interrogarse qué hay debajo o detrás del monstruo familiar,
cotidiano, cuando el “otro” no es tan otro y se parece a
cualquiera, a nosotros mismos. El “otro” que, como yo,
parece bueno, se cree bueno, se siente bueno, también es
digno de nuestra desconfianza, en el fondo, de nuestro
miedo. Miedo que paraliza y aísla, que empuja al encierro, a
no sentirnos a salvo ni siquiera entre las paredes de
nuestra casa porque, hasta “Casa tomada”, cuento canónico de
Julio Cortázar, suspende su lectura en clave política o
social para interpretarse desde una perspectiva más
inmediata, más vigente: la policial; ¿qué otra cosa que
ladrones o asesinos o violadores pueden ser los que están
“tomando” la casa?
El
sistema que nos resguarda y protege, a través de la
Justicia, condena y recluye al monstruo. Los medios de
comunicación, por su parte, reemplazándolo en los titulares
por uno nuevo, más o menos cruel que el anterior pero signo
de lo mismo, lo arroja al olvido para resucitarlo, diez o
treinta años después, como a Robledo Puch o al clan Puccio,
para engrosar las crónicas rojas del día. A nosotros nos
queda el temor, el horror o el consuelo de pensar que la
excepción no tiene por qué ser la regla. O esa indiferencia
de doble filo que nos lleva a enfrentar el siguiente horror,
el siguiente monstruo, cotidiano o literario, encogiendo los
hombros, como si nada. Cualquiera puede ser el monstruo,
incluso yo –la diferencia no está más que en los actos- pero
esta vez, soy inocente. Por las dudas, una de estas noches,
bajaremos al sótano de casa, en puntas de pie sólo para
revisar si no escondemos algo monstruoso, a una hija
maniatada o un arma que, cualquier día de estos, puede
ponerse a disparar. |
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