Año 3

Nº 31

Agosto 2009  
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La reconciliación
Por Federico Ferroggiaro (*)
 


 

 
 
 

Había llegado a la torre más elevada y solitaria del alcázar para contemplar, sin interrupciones, reconfortado, sus dominios. El aire del mar, tan próximo, a su diestra, tan uniforme y sereno, agitaba la barba hirsuta en la que ningún pelo faltaba. Era una promesa, simplemente, pero también una forma de comprobar que el tiempo había transcurrido desde la partida hasta ese presente en que el oprobio y la pena parecían imposibles. Porque su nombre, ahora, encendía admiración y evocaba campos de batalla sembrados de cadáveres impíos. Estimó que la fama habría de sobrevivirlo, mil, quizás más años. Se imaginaba como un Aquiles o un Ayax, preguntándose qué cantaría sobre él, un juglar indefinible, cuando ese instante de gloria estuviera a un siglo de distancia.

“Hoy nos parece absurdo, ridículo, que un hombre fuerte, valiente, poderoso, conservara aquel vínculo de sumisión al rey, luego de haber padecido el deshonor, el destierro y la ignominia. No podemos entender, desde nuestras concepciones actuales, que el vasallaje continuara a pesar del desprecio sufrido por…”

No, era preferible el olvido a esos sonidos que alcanzaban, remotos, sus oídos. No eran reales, en absoluto, porque no había una voz tan potente, salvo la divina, como para traerle a él, tan alto sobre la torre, la angustia que, a pesar de la riqueza, el perdón y el triunfo, de pronto, lo invadía. Abajo pacían las granjas manchadas de verde donde veía ir y venir a sus siervos, doblar las cinturas, sudar sobre la tierra. Y las colinas inmóviles, los bosques, la suave indiferencia del cielo, inmaculado. Él, el desterrado, había ganado todo el territorio que colmaba sus ojos, cuando los enemigos lo creyeron vencido, acabado, hundido en la sórdida vergüenza. Él, sólo él, y su brazo y su ambición infinita, con sus hombres más leales, habían conseguido destrozar un destino de incertidumbre y desamparo. Sin embargo, no era el presente sino el después de su prestigio lo que, sin motivos, lo inquietaba.

Me llenaron de oprobio         y de puertas cerradas

Los burgaleses leales           para cuidar sus miradas

Con arena y astucia               comieron mis mesnadas

Y de guerrear por yantar       luego luché por mi fama

Gané Castejón, Cebolla        y Valencia la magna

A nadie ofendí y a nadie        privé de rica soldada

Ni siquiera los viles que        cobardes de vil laya

Quisieron abandonarme       con las riquezas ganadas.

            Envanecido, sentía que era él y no su rey, la verdadera gloria castellana. Y, con aquella certeza, crecía silencioso el lamento por tener que marchar en busca de un perdón, de una gracia que, ante los hechos y proezas cumplidas desde entonces, no valía nada. Dios no se agotaría de bendecirlo con sus dones; él era ahora la espada cristiana y, sin demoras, había cumplido enviando los marcos de las mil misas prometidas. Si hasta había cubierto de oro a Jerónimo, nombrándolo obispo de su Valencia. Dios tampoco podía reprocharle una deuda y, en la tierra, sólo le sobraba el odio de los envidiosos enemigos. El mar limpio de naves infieles, los campos activos y todos los siervos felices de alimentar a un señor tan mesurado y sereno. Con el orden establecido, abajo, en los salones, podían reír sus hijas, escuchar, en el canto del juglar, como Yusuf escapaba para no probar su filo. Y su mujer, respetada por el tiempo pero, por las penas, herida, estaría esperándolo, con sus mejores vestidos, para suspirar cuando lo viera, otra vez, antes de la misa.

            -¿Irás a verlo? ¿Es necesario que vayas? –le preguntó ahogada por las lágrimas al apoyarse, ingrávida, en su brazo.

            Él prefirió el silencio, una palabra blanda hubiera sido debilidad o cobardía. En los preparativos, afuera, estaba la respuesta que ella conocía. Todo el lujo obtenido en las batallas, ataviaba los caballos y a los hombres que serían su cortejo. Flotaban los pendones, su bandera y el pueblo admirado, satisfecho, los vivaba como si, en vez de ir a buscar un perdón, partieran a doblegar a otro emir rebelde. Salieron con el sol encima y hasta bien entrados en los montes siguieron oyendo el eco de los llantos. Entonces, recién, el único sonido vivo fue el andar de las bestias y el golpeteo dorado de las armas. Cantan que no desmontaron nunca y que, a la segunda noche, su vasallo más leal se acercó a interpelarlo. La angustia pudo más que el pudor, y él le contagió sus pesados interrogantes. Sin dudas, juntos urdieron el plan sabiendo que los demás se mantendrían fieles a su causa.

            Al tercer día, llegada el alba, vieron correr el Tajo y escucharon la risa del agua. En la orilla, como habían convenido, se alineaban las huestes del rey y, sobre las armaduras, el sol se ruborizaba. El exceso de riquezas, aquel desvarío de lujo opacaba las virtudes de los hombres, negaba las miserias de las almas. Enfrentados, con el campo neutro marcando la distancia, ambos cortejos competían en brillo y elegancia. Él se separó de los que lo escoltaban y, montado sobre aquel trofeo viviente, ganado en ley al emir sevillano, cruzó con bravo galope el virgen llano. Su carrera bañaba el aire del perfume victorioso, del orgullo desafiante del vencedor que vuelve habiendo medrado. Y ese viento que agitaba la barba luenga, por años intacta, lo abrumó, con la certeza, ya conocida, de que él, ese vasallo, no necesitaba de un señor, ni bueno, ni malo.

Me echaron con ultraje          me dejaron sin ni nada

Me echaron con mentiras      con muy míseras falacias

Nobles corazones sucios      almas de envidia y avaras

Pero ahora el tiempo justo     me ofrece justa venganza

            Así hablaban sus labios, mientras la montura dejaba. De hinojos cayó, y arrancó un puñado de hierbas sin mirar a Alfonso, mientras, humillado, la savia dulce volvía hiel con sólo masticarlas. Lloraban odio al verlo, desde lejos, sus caballeros sin tacha. Ése que había conquistado Alcocer, Castellón y Valencia, cubierto su brazo de sangre musulmana, era ahora un cordero sumiso que espera el ultraje de ser domeñado. El rey se acercó, lo obligó a levantarse, mientras a él, la furia, le volvía fuego la malla y el manto, espinas el yelmo y vergüenza la boca que el rey, ebrio de amor por su guerrero intrépido, besaba. No fue aquel ósculo de reconciliación el que detuvo, en su puño, la daga desnuda que inquieta esperaba. El arma le exigía la carne, la sangre del traidor, del que lo había desterrado. Pero en ese instante único, en el que debía cobrar la justicia, temió que aquel acto manchara su fama. Cantarán de mi que maté al rey, que fui felón, que merecí el exilio y perder mis heredades. Y les habré dado la razón, si dejo conforme a mi daga. Conteniendo el impulso asesino, se abrazó con el rey mientras ambas huestes, sorprendidas, festejaban.

            Alvar Fáñez, mudo de estupor, tembló en su caballo. ¿Acaso no iban a medrar ese día?, ¿acaso su señor renunciaba a tomar el sitio que anhelaba su valor? No, era evidente, así perdían León y Castilla, volvían a ser súbditos, simples vasallos del que los había traicionado sólo porque él, ¡ah!, que en mala hora guardó su espada, perdía el presente, creyendo ganar el mañana.  

 

 
 

  (*) Federico Gonzalo  Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)

 
 
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