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Había llegado a la torre más elevada y solitaria del alcázar
para contemplar, sin interrupciones, reconfortado, sus
dominios. El aire del mar, tan próximo, a su diestra, tan
uniforme y sereno, agitaba la barba hirsuta en la que ningún
pelo faltaba. Era una promesa, simplemente, pero también una
forma de comprobar que el tiempo había transcurrido desde la
partida hasta ese presente en que el oprobio y la pena
parecían imposibles. Porque su nombre, ahora, encendía
admiración y evocaba campos de batalla sembrados de
cadáveres impíos. Estimó que la fama habría de sobrevivirlo,
mil, quizás más años. Se imaginaba como un Aquiles o un
Ayax, preguntándose qué cantaría sobre él, un juglar
indefinible, cuando ese instante de gloria estuviera a un
siglo de distancia.
“Hoy nos parece absurdo, ridículo, que un
hombre fuerte, valiente, poderoso, conservara aquel vínculo
de sumisión al rey, luego de haber padecido el deshonor, el
destierro y la ignominia. No podemos entender, desde
nuestras concepciones actuales, que el vasallaje continuara
a pesar del desprecio sufrido por…”
No, era preferible el olvido a esos sonidos que alcanzaban,
remotos, sus oídos. No eran reales, en absoluto, porque no
había una voz tan potente, salvo la divina, como para
traerle a él, tan alto sobre la torre, la angustia que, a
pesar de la riqueza, el perdón y el triunfo, de pronto, lo
invadía. Abajo pacían las granjas manchadas de verde donde
veía ir y venir a sus siervos, doblar las cinturas, sudar
sobre la tierra. Y las colinas inmóviles, los bosques, la
suave indiferencia del cielo, inmaculado. Él, el desterrado,
había ganado todo el territorio que colmaba sus ojos, cuando
los enemigos lo creyeron vencido, acabado, hundido en la
sórdida vergüenza. Él, sólo él, y su brazo y su ambición
infinita, con sus hombres más leales, habían conseguido
destrozar un destino de incertidumbre y desamparo. Sin
embargo, no era el presente sino el después de su prestigio
lo que, sin motivos, lo inquietaba.
Me llenaron de oprobio y de puertas
cerradas
Los burgaleses leales para cuidar
sus miradas
Con arena y astucia comieron
mis mesnadas
Y de guerrear por yantar luego luché
por mi fama
Gané Castejón, Cebolla y Valencia la
magna
A nadie ofendí y a nadie privé de
rica soldada
Ni siquiera los viles que cobardes de
vil laya
Quisieron abandonarme con las riquezas
ganadas.
Envanecido, sentía que era él y no su rey, la
verdadera gloria castellana. Y, con aquella certeza, crecía
silencioso el lamento por tener que marchar en busca de un
perdón, de una gracia que, ante los hechos y proezas
cumplidas desde entonces, no valía nada. Dios no se agotaría
de bendecirlo con sus dones; él era ahora la espada
cristiana y, sin demoras, había cumplido enviando los marcos
de las mil misas prometidas. Si hasta había cubierto de oro
a Jerónimo, nombrándolo obispo de su Valencia. Dios tampoco
podía reprocharle una deuda y, en la tierra, sólo le sobraba
el odio de los envidiosos enemigos. El mar limpio de naves
infieles, los campos activos y todos los siervos felices de
alimentar a un señor tan mesurado y sereno. Con el orden
establecido, abajo, en los salones, podían reír sus hijas,
escuchar, en el canto del juglar, como Yusuf escapaba para
no probar su filo. Y su mujer, respetada por el tiempo pero,
por las penas, herida, estaría esperándolo, con sus mejores
vestidos, para suspirar cuando lo viera, otra vez, antes de
la misa.
-¿Irás a verlo? ¿Es necesario que vayas? –le
preguntó ahogada por las lágrimas al apoyarse, ingrávida, en
su brazo.
Él prefirió el silencio, una palabra blanda
hubiera sido debilidad o cobardía. En los preparativos,
afuera, estaba la respuesta que ella conocía. Todo el lujo
obtenido en las batallas, ataviaba los caballos y a los
hombres que serían su cortejo. Flotaban los pendones, su
bandera y el pueblo admirado, satisfecho, los vivaba como
si, en vez de ir a buscar un perdón, partieran a doblegar a
otro emir rebelde. Salieron con el sol encima y hasta bien
entrados en los montes siguieron oyendo el eco de los
llantos. Entonces, recién, el único sonido vivo fue el andar
de las bestias y el golpeteo dorado de las armas. Cantan que
no desmontaron nunca y que, a la segunda noche, su vasallo
más leal se acercó a interpelarlo. La angustia pudo más que
el pudor, y él le contagió sus pesados interrogantes. Sin
dudas, juntos urdieron el plan sabiendo que los demás se
mantendrían fieles a su causa.
Al tercer día, llegada el alba, vieron correr el
Tajo y escucharon la risa del agua. En la orilla, como
habían convenido, se alineaban las huestes del rey y, sobre
las armaduras, el sol se ruborizaba. El exceso de riquezas,
aquel desvarío de lujo opacaba las virtudes de los hombres,
negaba las miserias de las almas. Enfrentados, con el campo
neutro marcando la distancia, ambos cortejos competían en
brillo y elegancia. Él se separó de los que lo escoltaban y,
montado sobre aquel trofeo viviente, ganado en ley al emir
sevillano, cruzó con bravo galope el virgen llano. Su
carrera bañaba el aire del perfume victorioso, del orgullo
desafiante del vencedor que vuelve habiendo medrado. Y ese
viento que agitaba la barba luenga, por años intacta, lo
abrumó, con la certeza, ya conocida, de que él, ese vasallo,
no necesitaba de un señor, ni bueno, ni malo.
Me echaron con ultraje
me dejaron sin ni nada
Me echaron con mentiras
con muy míseras falacias
Nobles corazones sucios almas de
envidia y avaras
Pero ahora el tiempo justo
me ofrece justa venganza
Así hablaban sus labios, mientras la montura
dejaba. De hinojos cayó, y arrancó un puñado de hierbas sin
mirar a Alfonso, mientras, humillado, la savia dulce volvía
hiel con sólo masticarlas. Lloraban odio al verlo, desde
lejos, sus caballeros sin tacha. Ése que había conquistado
Alcocer, Castellón y Valencia, cubierto su brazo de sangre
musulmana, era ahora un cordero sumiso que espera el ultraje
de ser domeñado. El rey se acercó, lo obligó a levantarse,
mientras a él, la furia, le volvía fuego la malla y el
manto, espinas el yelmo y vergüenza la boca que el rey,
ebrio de amor por su guerrero intrépido, besaba. No fue
aquel ósculo de reconciliación el que detuvo, en su puño, la
daga desnuda que inquieta esperaba. El arma le exigía la
carne, la sangre del traidor, del que lo había desterrado.
Pero en ese instante único, en el que debía cobrar la
justicia, temió que aquel acto manchara su fama. Cantarán de
mi que maté al rey, que fui felón, que merecí el exilio y
perder mis heredades. Y les habré dado la razón, si dejo
conforme a mi daga. Conteniendo el impulso asesino, se
abrazó con el rey mientras ambas huestes, sorprendidas,
festejaban.
Alvar Fáñez, mudo de estupor, tembló en su
caballo. ¿Acaso no iban a medrar ese día?, ¿acaso su señor
renunciaba a tomar el sitio que anhelaba su valor? No, era
evidente, así perdían León y Castilla, volvían a ser
súbditos, simples vasallos del que los había traicionado
sólo porque él, ¡ah!, que en mala hora guardó su espada,
perdía el presente, creyendo ganar el mañana.
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