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La
segunda posguerra dejó, en Italia, una generación de hombres
que, como señala Ítalo Calvino en el prólogo de la edición
de 1964 a la novela El sendero de los nidos de
araña (1947) tras “haber salido de una experiencia –la
guerra, guerra civil- que no había perdonado a nadie,
establecía una inmediatez de comunicación entre el escritor
y su público: nos encontrábamos cara a cara, cargados por
igual de cosas que contar”. En busca de una categorización,
cierta crítica los denominó “escritores de posguerra”,
asiéndose al periodo histórico de producción de sus textos
mientras que, otra parte de la crítica, más atenta a la
estética que a los cortes temporales, los asoció al realismo
y, en algunos casos, al cine de Roberto Rossellini, de
Vittorio De Sica y de Luciano Visconti; al neorrealismo. El
lugar, el espacio de encuentro, de coincidencia, fue la
progresista editorial Einaudi, en la que colaboraban,
coincidiendo también en el rechazo absoluto al fascismo,
Italo Calvino, Elio Vittorini y Cesare Pavese, junto a otros
pensadores e intelectuales.
Italia era un país devastado que volvía a construirse,
condicionado por el plan Marshall pero luchando por rescatar
su esencia, sus tradiciones, sus paisajes, sus mitos, sus
símbolos: el reservorio de un territorio con una historia
propia, pero con sus particularidades, sus mixturas y sus
cruces de identidades que los vencedores y financistas –los
“americanos”- tratarían de borrar bajo la seductora
comodidad de la homogenización capitalista. Narradores y
poetas comprometidos, -política, culturalmente-, se
constituyeron en las voces, en la escritura de esa nación
que deseaba levantarse después de la tiranía, de la guerra y
de las muertes. Refundar un país implicaba también
reinventar su cultura, redescubrirla, darle un giro para que
florezca algo nuevo después de las experiencias traumáticas
que debieron atravesar. Fueron los escritores de posguerra
los que rechazaron el hermetismo y la prosa de arte que, de
espaldas al mundo, dominaba la escena literaria italiana. Se
los acusó de epígonos de los narradores norteamericanos –W.
Faulkner, E. Hemingway, J. Dos Passos, J. M. Cain, G. Stein
y otros-, de traidores a su sociedad, de decadentes e
incluso de regionalistas.
Cesare Pavese (1908 – 1950), docente, intelectual, crítico,
escritor y traductor de James Joyce y Herman Melville, fue
–y es, aún hoy- una de las figuras más representativas de
ese período de renovación y resurgimiento de las letras
italianas. Su obra explora el territorio de la poesía (Trabajar
cansa, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”), de
la ensayística, de la novela y el más difícil de clasificar,
en cuanto a género, Diálogos con Leuco (“la cosa
menos infeliz que he escrito”, según su autor), un compendio
de brillantes conversaciones entre personajes (o nombres)
del mito, de la leyenda y del arte.
Al
referirse a su poética, Pavese la define como “la ambición
de fundir en unidad las dos aspiraciones que combaten desde
el principio: mirada abierta a la realidad inmediata,
cotidiana, rugosa, y recato profesional, artesano,
humanista, es decir, de la cultura entendida como oficio”.
Humanismo que se encarna en el afán contemplativo, en el
gusto por lo intelectual, en el rescate de un mundo cerrado
y simbólico: el mundo del mito, de la poesía.
A
partir de su primera obra, el libro de poemas Lavorare
stanca (Trabajar cansa), Pavese reconoce haber
encontrado “la imagen, la sustancia de su escritura” por lo
que toda su obra será, vista en perspectiva y como completud,
una unidad de temas, de intereses vitales, “la obstinación
monótona de quien tiene la certeza de haber tocado el primer
día el mundo verdadero, el mundo eterno, y no puede hacer
otra cosa sino dar vueltas a ese monolito y desprenderle
pedazos y trabajarlos y estudiarlos bajo todas las luces
posibles”. El “monolito” a partir del cual Pavese construyó
una obra compleja, variada y profunda, podría enunciarse
como la aspiración “de llegar a la verdadera naturaleza de
las cosas, de ver las cosas con ojos vírgenes, de llegar al
ultimate grip of reality que sólo es digno de ser
conocido”. Para encontrar dicha verdad, los narradores, las
voces que surgen en su escritura, emprenderán un viaje al
pasado, al pasado individual que, a partir de la memoria y
el recuerdo, se reactiva en el presente de los relatos, para
marcar el contraste entre la infancia personal y ese “ahora”
sin esperanzas, gris, fatídico. Sin embargo, la recuperación
del pasado a través del recuerdo no es la última estación
del viaje. Al contrario, dicha operación esconde un
retroceso mayor, imposible: la vuelta al pasado ancestral
del hombre, a los orígenes, a los tiempos remotos en que la
civilización no había escindido al ser humano del territorio
de la naturaleza. Es el retorno a lo salvaje, a lo
primitivo, donde el hombre se desprende de las inhibiciones
sexuales y sociales para “vivir una relación unitaria de
libertad con toda la realidad”. De este modo, la naturaleza
será el único espacio donde es posible rescatar y percibir
la verdad, lo real, en lo que es imperecedero y “eterno”: la
luna, las colinas, los fuegos, las viñas, el bosque, el
cielo, el henal. Todo converge así hacia el espacio del mito
que funde, en el margen del tiempo, la verdad de la
naturaleza y el sentido del mundo. Por otra parte, la
ciudad, el espacio urbano (Turín, Milán) devendrá en un
ámbito de corrupción que, opuesto al campo, al entorno
rural, será sede del vicio, del cansancio, de la náusea de
todo y de la degeneración del hombre, de su pérdida
absoluta.
Para críticos y lectores, es en la novela La luna y las
fogatas (La luna e i falò) donde convergen y se
mixturan todos los elementos ideológicos, estéticos y
existenciales de Pavese, para alcanzar la nota más alta: un
ensamble de cuadros líricos y autónomos en los que el
simbolismo anula cualquier pretensión de realidad,
extraviándonos “en la selva de sus símbolos”. La novela
aborda la historia de un huérfano que, “en la mitad del
camino de la vida”, regresa a su tierra después de “haberse
hecho la América”, de hacer fortuna en Estados Unidos, para
reencontrarse con el pueblo, con el ayer, con su infancia o,
como sostiene Italo Calvino, a buscar la explicación de “por
qué un pueblo es un pueblo, el secreto que une lugares,
nombres y generaciones”. Así, mientras el narrador dialoga
con un antiguo compañero de la niñez, que jamás ha dejado el
pueblo, el carpintero marxista Nuto, reconstruye y recupera
los símbolos de su pasado, los actualiza en un paisaje rural
que se mantiene intacto, estancado e inmóvil, como si el
tiempo no existiera como devenir sino como repetición, o
como una entidad inocua. Después de intentar auxiliar a un
niño, Cinto, para que pueda escapar de los condicionamientos
de su situación, después de conversar sobre los muertos de
la guerra (fascistas y partisanos) que continúan apareciendo
en el río, en el valle, y después de comprobar que la única
verdad es la sucesión de las lunas, las estaciones y la
purificación del fuego, el narrador comprende que en la
madurez, aunque se vuelva al pueblo, a los orígenes, la vida
simple, mítica y poética del niño es un pasado
irrecuperable.
No
es casual, entonces, que el epígrafe de La luna y las
fogatas nos anuncie en la primera página: Ripeness is
all (“La madurez es todo”). “Madurez”, que significa
conciencia de lo real, de lo perdido, y de la imposibilidad
de volver al universo idílico de la niñez, del mito, de lo
primitivo. El suicidio del hombre, Pavese, tal vez
represente la consumación de la premisa y el descubrimiento,
en esa “madurez”, después de la decepción y del desengaño
(personal, político, militante y amoroso), de la única
apuesta legítima: partir, comenzar ese otro viaje imposible,
sin retorno: el suicidio, la muerte.
Para leer a Cesare
Pavese.
Algunas novelas editadas en español (la fecha corresponde a
la primera edición italiana):
El camarada
(1947)
De tu tierra
(1941)
La casa en la colina
(1949)
El diablo en las
colinas
(1949)
La playa
(1942)
Entre mujeres solas
(1949)
La luna y las fogatas
(1950)
Bibliografía:
Muscetta, Carlo: Para una historia de Pavese y sus
narraciones en AA.VV.: Pavese; Buenos Aires:
Jorge Álvarez S.A.; 1969.
Pavese, Cesare: El oficio del poeta, Buenos Aires:
Nueva Visión; 1970.
Pavese, Cesare: La luna y las fogatas, Buenos Aires:
Adriana Hidalgo Editora; 2000.
Pullini Giorgio: La novela italiana de la posguerra,
Madrid: Guadarrama; 1965. |
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