Boceto para un relato

 
 
Apuntes para una ficción

Por Federico Ferroggiaro  (*)

 
 

 

 
 
 

Como me gusta escribir ficciones, cuando voy por la calle empujando el cochecito de Giulia y ella, de pronto, se queda dormida; o cuando voy al trabajo en el colectivo, o cuando se hace de noche y todo se va aplacando, y yo estoy todavía ordenando papeles o corrigiendo tareas, se me da por ponerme a pensar: ficciones principalmente. Y como en estos días me tiene caviloso, abrumado, el tema de los paros docentes, que los chicos no van a la escuela, ni nosotros damos clases, no podría precisar cómo, me empezó a perseguir una historia que, si les interesa, esbozaré en sus líneas centrales.

Se trata de un dirigente gremial honesto, del sindicato de los docentes –todavía no le encontré un nombre-, que buscándole la vuelta al asunto de las demandas salariales de sus representados, pergeña un plan que presiente más efectivo que los paros escalonados de 48 y 72 horas. Cuando termina de darle forma al proyecto, en lugar de gritar “eureka”, dice, entusiasmado y desafiante: “ah, no quieren aumentarnos… los vamos a joder”. Entonces se organiza una asamblea y asisten centenares de docentes, miles, porque en cada ciudad los dirigentes del gremio van a transmitir una propuesta innovadora, genial, que es imposible que vaya a fallar. El relato describe al protagonista explicando su idea y conquistando una ovación que recuerda a las que encumbran a los imborrables líderes. Básicamente, se trata de un plagio del paro a la japonesa, pero aplicado a la educación. La parte de la alocución que se transcribe es algo como: “ahora va en serio: vamos a cumplir con nuestro deber hasta las últimas consecuencias. Dicen que debemos formar ciudadanos de excelencia, comprometidos con el país, el medio ambiente y la democracia; que tenemos que desarrollar la conciencia crítica de los jóvenes y que hay que brindarles las herramientas para ser artífices en la transformación de la realidad… ¿ah, sí?... ¿con que eso quieren?... ¡vamos a dárselo!” Algunos profesores o maestros se ofenden: “Es una locura, si esto ya lo venimos haciendo desde que empezamos a trabajar en esta profesión”, objetan airados. El gremialista honesto les responde: “Tanto mejor. Pero ahora vamos a ponerle más ganas, sin rendirnos, sin desalentarnos, sin quejarnos… éste es nuestro plan de lucha, estamos juntos y no nos van a poder detener”.

Lo siguiente es una reunión de padres, como cualquiera de las que se organizan en todas las escuelas, donde se explicita el proyecto. Todavía no decidí si es una primaria o una secundaria. La mayoría de los padres se entusiasman, avalan esa modalidad de protesta. En la reunión que se narra, está presente un funcionario del Ministerio que se ríe entre dientes. Igual, aunque desconfía, telefonea al Ministro que ya tiene hijos adultos, y le cuenta lo que escuchó, tratando de mostrarse cauto. El Ministro subestima la medida y responde que, si no lo han hecho antes, ¿qué puede temerse de los docentes?

Igual, al lunes siguiente, los maestros y profesores entran al aula como si fueran a jugar la final del Mundial. La movida va cobrando fuerzas y desencadena un fenómeno extraño. Los niños y jóvenes, que en general andan medio a la deriva y ven con ojos negros el porvenir, se enganchan con la idea. Claro, resulta que los adultos, tanto padres como docentes, sí saben lo que quieren –cosa inaudita- y, en los recreos y en las esquinas, se ponen a conversar y dicen: “mirá, es la primera vez que bajan una línea sensata y están todos de acuerdo… démosles bola una o dos semanas a ver si van en serio”.

El texto seguiría narrando algunas clases. Por ahora, de lengua y literatura, que es el espacio curricular en el que mi ignorancia es menor. Por ejemplo: cuando se presenta la argumentación, se arman unos debates que reite de los griegos. Un grupo quiere debatir sobre el aborto, otro sobre religión, otro sobre la legalidad de las drogas. Y dale… ahí van a investigar, a informarse, a leer, a pensar y, al otro día, a exponer los argumentos delante de sus compañeros. Y en los cursos en que se habla de la noticia, empiezan a desmenuzar los diarios, se analiza cómo presenta la noticia uno, cómo lo hace el otro, qué foto acompaña a la nota, por qué, y, a ver… ¿qué intereses está defendiendo este diario?, ¿por qué el editor opina así? Y cuando hay que escribir, nada de ponerle un final a un cuento de Cortázar que él ya lo hizo y es difícil sacar algo mejor. A escribir cartas de lectores con los problemas de los barrios, notas a los legisladores y ministros invitándolos a tratar los temas urgentes de cada pueblo, de cada ciudad y en los blogs, ¿qué fotos de flequillos y fiestas?... fotos de policías durmiendo en los patrulleros, de un dealer vendiendo drogas en un bar, de un camión soltando basura el río Paraná. Ahí es cuando la escuela sale a la calle. Para hacer cumplir las leyes, para concientizar a los vecinos, para luchar por un país mejor. Y las clases de biología las imparten los alumnos en el Concejo de un municipio, demostrándoles por qué deben implementar el reciclado de residuos y controlar a las empresas que liberan gases tóxicos de manera indiscriminada. En contabilidad, por citar otra materia, los prácticos se hacen con el libro diario y los balances de los organismos públicos o revisando las declaraciones de impuestos de los grandes empresarios. Todo se transforma en un hervidero. Demasiados controles, demasiadas críticas, demasiados jóvenes tratando de cambiar el mundo.

El capítulo siguiente mostraría al Ministro llamando al delegado honesto y sus colegas. La oferta es del 40% retroactiva a enero pero con una e irrenunciable condición: que todo vuelva a ser como antes, que los alumnos estén en las aulas y los docentes enseñen la célula, las palabras paroxítonas y la regla de tres simple. Los gremialistas parecen conformes, satisfechos, e imaginan que las bases celebrarán el acuerdo. Pero, dubitativo, el delegado honesto, el artífice del caos, vacila: “temo que no podemos volver atrás… las cosas se nos han ido de las manos, ya no nos responden… ellos son los que quieren cambios, ser críticos, cumplir sus obligaciones, tener un país justo, inclusivo, democrático…”. Y continuaría hablando mientras el Ministro se toma la cabeza y se describe su expresión de creciente horror.

Esto es lo que tengo, hasta acá, éstos son los apuntes para una ficción. El final, por lo pronto, no termino de encontrarlo. Se me ocurren sólo tragedias y prefiero, si me embarco en esta historia, sembrar un arco iris de optimismo. Así que ya está, no voy a escribir nada este cuento o novela. Porque, como dije, me gusta escribir ficciones en general pero no utopías, específicamente.  

 
 
 
  (*) Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)
   
     
 
 
 
   
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