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Como me gusta escribir
ficciones, cuando voy por la
calle empujando el cochecito
de Giulia y ella, de pronto,
se queda dormida; o cuando
voy al trabajo en el
colectivo, o cuando se hace
de noche y todo se va
aplacando, y yo estoy
todavía ordenando papeles o
corrigiendo tareas, se me da
por ponerme a pensar:
ficciones principalmente. Y
como en estos días me tiene
caviloso, abrumado, el tema
de los paros docentes, que
los chicos no van a la
escuela, ni nosotros damos
clases, no podría precisar
cómo, me empezó a perseguir
una historia que, si les
interesa, esbozaré en sus
líneas centrales.
Se trata de un dirigente
gremial honesto, del
sindicato de los docentes
–todavía no le encontré un
nombre-, que buscándole la
vuelta al asunto de las
demandas salariales de sus
representados, pergeña un
plan que presiente más
efectivo que los paros
escalonados de 48 y 72
horas. Cuando termina de
darle forma al proyecto, en
lugar de gritar “eureka”,
dice, entusiasmado y
desafiante: “ah, no quieren
aumentarnos… los vamos a
joder”. Entonces se organiza
una asamblea y asisten
centenares de docentes,
miles, porque en cada ciudad
los dirigentes del gremio
van a transmitir una
propuesta innovadora,
genial, que es imposible que
vaya a fallar. El relato
describe al protagonista
explicando su idea y
conquistando una ovación que
recuerda a las que encumbran
a los imborrables líderes.
Básicamente, se trata de un
plagio del paro a la
japonesa, pero aplicado a la
educación. La parte de la
alocución que se transcribe
es algo como: “ahora va en
serio: vamos a cumplir con
nuestro deber hasta las
últimas consecuencias. Dicen
que debemos formar
ciudadanos de excelencia,
comprometidos con el país,
el medio ambiente y la
democracia; que tenemos que
desarrollar la conciencia
crítica de los jóvenes y que
hay que brindarles las
herramientas para ser
artífices en la
transformación de la
realidad… ¿ah, sí?... ¿con
que eso quieren?... ¡vamos a
dárselo!” Algunos profesores
o maestros se ofenden: “Es
una locura, si esto ya lo
venimos haciendo desde que
empezamos a trabajar en esta
profesión”, objetan airados.
El gremialista honesto les
responde: “Tanto mejor. Pero
ahora vamos a ponerle más
ganas, sin rendirnos, sin
desalentarnos, sin
quejarnos… éste es nuestro
plan de lucha, estamos
juntos y no nos van a poder
detener”.
Lo siguiente es una reunión
de padres, como cualquiera
de las que se organizan en
todas las escuelas, donde se
explicita el proyecto.
Todavía no decidí si es una
primaria o una secundaria.
La mayoría de los padres se
entusiasman, avalan esa
modalidad de protesta. En la
reunión que se narra, está
presente un funcionario del
Ministerio que se ríe entre
dientes. Igual, aunque
desconfía, telefonea al
Ministro que ya tiene hijos
adultos, y le cuenta lo que
escuchó, tratando de
mostrarse cauto. El Ministro
subestima la medida y
responde que, si no lo han
hecho antes, ¿qué puede
temerse de los docentes?
Igual, al lunes siguiente,
los maestros y profesores
entran al aula como si
fueran a jugar la final del
Mundial. La movida va
cobrando fuerzas y
desencadena un fenómeno
extraño. Los niños y
jóvenes, que en general
andan medio a la deriva y
ven con ojos negros el
porvenir, se enganchan con
la idea. Claro, resulta que
los adultos, tanto padres
como docentes, sí saben lo
que quieren –cosa inaudita-
y, en los recreos y en las
esquinas, se ponen a
conversar y dicen: “mirá, es
la primera vez que bajan una
línea sensata y están todos
de acuerdo… démosles bola
una o dos semanas a ver si
van en serio”.
El texto seguiría narrando
algunas clases. Por ahora,
de lengua y literatura, que
es el espacio curricular en
el que mi ignorancia es
menor. Por ejemplo: cuando
se presenta la
argumentación, se arman unos
debates que reite de los
griegos. Un grupo quiere
debatir sobre el aborto,
otro sobre religión, otro
sobre la legalidad de las
drogas. Y dale… ahí van a
investigar, a informarse, a
leer, a pensar y, al otro
día, a exponer los
argumentos delante de sus
compañeros. Y en los cursos
en que se habla de la
noticia, empiezan a
desmenuzar los diarios, se
analiza cómo presenta la
noticia uno, cómo lo hace el
otro, qué foto acompaña a la
nota, por qué, y, a ver…
¿qué intereses está
defendiendo este diario?,
¿por qué el editor opina
así? Y cuando hay que
escribir, nada de ponerle un
final a un cuento de
Cortázar que él ya lo hizo y
es difícil sacar algo mejor.
A escribir cartas de
lectores con los problemas
de los barrios, notas a los
legisladores y ministros
invitándolos a tratar los
temas urgentes de cada
pueblo, de cada ciudad y en
los blogs, ¿qué fotos de
flequillos y fiestas?...
fotos de policías durmiendo
en los patrulleros, de un
dealer vendiendo drogas en
un bar, de un camión
soltando basura el río
Paraná. Ahí es cuando la
escuela sale a la calle.
Para hacer cumplir las
leyes, para concientizar a
los vecinos, para luchar por
un país mejor. Y las clases
de biología las imparten los
alumnos en el Concejo de un
municipio, demostrándoles
por qué deben implementar el
reciclado de residuos y
controlar a las empresas que
liberan gases tóxicos de
manera indiscriminada. En
contabilidad, por citar otra
materia, los prácticos se
hacen con el libro diario y
los balances de los
organismos públicos o
revisando las declaraciones
de impuestos de los grandes
empresarios. Todo se
transforma en un hervidero.
Demasiados controles,
demasiadas críticas,
demasiados jóvenes tratando
de cambiar el mundo.
El capítulo siguiente
mostraría al Ministro
llamando al delegado honesto
y sus colegas. La oferta es
del 40% retroactiva a enero
pero con una e irrenunciable
condición: que todo vuelva a
ser como antes, que los
alumnos estén en las aulas y
los docentes enseñen la
célula, las palabras
paroxítonas y la regla de
tres simple. Los
gremialistas parecen
conformes, satisfechos, e
imaginan que las bases
celebrarán el acuerdo. Pero,
dubitativo, el delegado
honesto, el artífice del
caos, vacila: “temo que no
podemos volver atrás… las
cosas se nos han ido de las
manos, ya no nos responden…
ellos son los que quieren
cambios, ser críticos,
cumplir sus obligaciones,
tener un país justo,
inclusivo, democrático…”. Y
continuaría hablando
mientras el Ministro se toma
la cabeza y se describe su
expresión de creciente
horror.
Esto es lo que tengo, hasta
acá, éstos son los apuntes
para una ficción. El final,
por lo pronto, no termino de
encontrarlo. Se me ocurren
sólo tragedias y prefiero,
si me embarco en esta
historia, sembrar un arco
iris de optimismo. Así que
ya está, no voy a escribir
nada este cuento o novela.
Porque, como dije, me gusta
escribir ficciones en
general pero no utopías,
específicamente. |