Para Carlos Pérez (y
para el Dr. Padilla
también),
quienes, juntos,
encontraron en la
Medicina,
un buen recurso para
“pasarla” bien.
La puerta es la que
elije, no el hombre
Fragmentos de un
Evangelio Apócrifo
J.L. Borges
Eliseo
Gascón esperaba paciente.
El diseño de
interiores, había logrado su
cometido…, esa sala de
espera era de las mejores
que había conocido. Las
luces de la tardecita se
filtraban por los grandes
ventanales de aquél primer
piso iluminando, con sus
pesados colores de otoño,
los cerámicos lustrados
hasta el cansancio, haciendo
peligrosa la bipedestación.
Los
agradables olores a
desodorizantes de ambientes
(diferente a cualquier
otro), y la melodía de la
música funcional, llena de
saxos y violines, eran un
convite a la reflexión.
Y Eliseo se
entregó, impensadamente, a
lo propuesto por ese
ambiente.
Recorrió los
últimos episodios de su vida
(tristes por cierto), la
muerte reciente de su madre,
profesora de inglés y viuda
ilustre de aquél Escribano
famoso que supo ser
Intendente de la ciudad.
Educado en
los mejores colegios “de
pago”, como decía Serrat,
pero manipulado en su propio
hogar, Eliseo había crecido
a la sombra de lo que
aquella sociedad pacata, (y
su madre) determinaban que
estaba bien; con un padre
que nunca pudo conocer, y
que se murió temprano.
Eliseo había
tenido todo…., le habían
dado todo. Hasta su propia
carrera: Profesor de
Filosofía como lo había
pensado su madre, para que
su hijo fuera considerado
“diferente”.
De repente
se dio cuenta de que la
única decisión que había
tomado, fue extenderle la
mano a Emilce, ( una tarde
curiosamente parecida a
ésta), en aquella sala de
profesores, de su propio
colegio, (aquél que
sirviera, primero para
educarlo, y ahora para
sustentarlo, con sus varias
horas-docentes, en la
cátedra de Literatura ).
Pero mejor…,
prefiere pasar rápido el
período aquél, sobretodo por
no estar seguro de lo que
pasó (ni cómo).
Ahora, a sus
cincuenta y uno, no tenía
más remedio que encargarse
de él mismo, y elegir un
médico de cabecera no era
poca cosa.
Estaba tranquilo con su
clínico, el doctor Hilario
Padilla, a quien había
elegido, más que por sus
logros científicos
(realmente no los conocía),
por la extraña sensación de
contención que le brindara
aquél hombretón, con cara de
bueno, apariencia
despistada, y esa rara forma
de caminar
que semejaba bastante un
baile tribal.
La tarde
anterior, Padilla, teniendo
en cuenta los antecedentes
del padre de Eliseo, había
divagado un poco acerca de
la prevención cardiovascular
y del cáncer de próstata. A
decir verdad, Eliseo no
había entendido mucho porque
su médico no era un dechado
de atributos para la
docencia; sin embargo,
sentía una especie de
seguridad derivada, tal vez,
de su propia elección: hoy
tenía su propio clínico y,
esta vez, nadie había
elegido por él.
Tan
satisfecho y ensimismado
estaba, cuando Padilla lo
despidió, que no sólo no le
dejó su bono, sino que ni
siquiera le preguntó cuánto
era la consulta.
Se percató
de la falta recién durante
la cena, cuando escuchando
su propia masticación,
recordando aquél beso, y
pensando, por un momento, en
su futuro…, no fue capaz de
ver más allá del carcinoma
de próstata que, el inefable
Padilla, le había
pronosticado, entre
risotadas, palmadas y
ridículas comparaciones de
las diferentes formas de
morir que podían adoptar los
seres humanos.
Pensó que
podría ser conveniente pasar
al día siguiente por
aquellos modernos
consultorios para cumplir
con su deber de paciente
nuevo. Además, su coquetería
de “niño bien” se vería
halagada con una excusa para
cambiarse y salir de su
rutina de docente.
Estaba
recordando, cuando se abrió
una puerta. Quizás la
casualidad, la mala suerte,
el azar, el destino u otra
forma de explicar lo que no
hace falta explicar,( y que
de cualquier modo sucedería)
hizo que, detrás de aquella
puerta, se encontrara el
doctor Sierra, el urólogo
dispuesto a comenzar la
atención del consultorio.
Quiso,
también, este raro conjuro
que en aquella sala de
espera coincidieran sólo
Eliseo, una joven
embarazada, y una viejita.
El médico, después de
“otear” la pequeña
concurrencia, lo miró a
Eliseo con cara de asesino,
y sin palabras, con una seña
difícil de no acatar, le
abrió la puerta, en un
acto, que más que una
cortesía, parecía el convite
de un SS a pasar a la cámara
de gas.
En el
interior del consultorio, la
simpatía de Sierra no
mejoraba; enarcó las cejas y
comenzó a verter conceptos
que, supuestamente, Eliseo
no conocía, y lo hacía cada
vez con mayor vehemencia.
-Entiendo su
incomodidad, mi amigo, pero
vio cómo es esto de la
prevención. Nada más
acertado en Urología, que el
famoso dicho “mejor prevenir
que curar”. -¿No es cierto?.
Parecía
preguntarle a Eliseo, pero
sólo parecía, a juzgar por
la actitud adoptada, de
permanente pontificación,
sin dejar lugar para el
diálogo.
Eliseo ponía
su mejor cara de
conciliación, (ya le había
tocado tratar con personas
así), y asentía con la
cabeza todo lo que Sierra
afirmaba.
-¿Usted sabe
que con un antecedente
familiar de carcinoma
prostático, tan cercano, uno
de cada cinco descendientes
pueden padecerlo? Esto no es
cuento, mi amigo…, es pura
estadística! La Medicina
moderna se basa en
Evidencias, vio? Y estas
cifras cantan por sí mismas.
Eliseo
comenzó a recordar el
diálogo con Padilla, la
tarde anterior, y no le
quedaron dudas de que éste
había transferido su caso a
Sierra; y tampoco dudó de
que su caso era mucho más
serio de lo que las
ridículas pantomimas de
Padilla habían querido
disimular. Comenzó a sentir
un raro calor, asociado a
una sensación de mareos, y
unas ganas súbitas de
vomitar. Tragó los escasos
mililitros de saliva que le
quedaron disponibles, luego
de notar que también se le
había secado la boca; y fue
allí cuando escuchó:
-Bueno mi
amigo, sáquese los
pantalones, acuéstese en la
camilla y relájese. Cuanto
antes lo hagamos, más rápido
terminaremos.
A esa altura
Eliseo pensaba que no quería
ser amigo de Sierra, no le
gustaba una amistad que se
basara en escuchar y
obedecer, pero no estaba en
condiciones de
contradecirlo; además,
Eliseo ya había escuchado y
obedecido durante toda su
vida.
En eso
estaba, cuando Sierra,
acercándose a su lado,
colocándose los guantes
estériles dijo:
-Bueno,
colóquese de costado,
aflójese que no va a doler.
En ese mismo
instante, Eliseo (tal vez
como Cruz en su súbita
decisión de pelear junto a
Fierro), decidió que no
permitiría jamás que lo
lleven por delante(o por
atrás): decidió también que
empezaría a decir algún NO,
decidió que no le importaba
la prevención (sobretodo
cuando viene “de atropello”)
y, en ese mismo momento,
desde el fondo de su
garganta seca, por el miedo
y la impotencia, dijo con un
hilito de voz….-PERO YO…,LE
VENIA A TRAER EL BONO A
PADILLA!! |