Relato  
 
El paciente demasiado paciente

Por Daniel Urosevich (*)

 
 

 

 
 
 

Para Carlos Pérez (y para el Dr. Padilla también),

quienes, juntos, encontraron en la Medicina,

un buen recurso para “pasarla” bien.

 

La puerta es la que elije, no el hombre

Fragmentos de un Evangelio Apócrifo

 J.L. Borges

 

Eliseo Gascón esperaba paciente.

El diseño de interiores, había logrado su cometido…, esa sala de espera era de las mejores que había conocido. Las luces de la tardecita se filtraban por los grandes ventanales de aquél primer piso iluminando, con sus pesados colores de otoño, los cerámicos lustrados hasta el cansancio, haciendo peligrosa la bipedestación.

Los agradables olores a desodorizantes de ambientes (diferente a cualquier otro), y la melodía de la música funcional, llena de saxos y violines, eran un convite a la reflexión.

Y Eliseo se entregó, impensadamente, a lo propuesto por ese ambiente.

Recorrió los últimos episodios de su vida (tristes por cierto), la muerte reciente de su madre, profesora de inglés y viuda ilustre de aquél Escribano famoso que supo ser Intendente de la ciudad.

Educado en los mejores colegios “de pago”, como decía Serrat, pero manipulado en su propio hogar, Eliseo había crecido a la sombra de lo que aquella sociedad pacata, (y su madre) determinaban que estaba bien; con un padre que nunca pudo conocer, y que se murió temprano.

Eliseo había tenido todo…., le habían dado todo. Hasta su propia carrera: Profesor de Filosofía como lo había pensado su madre, para que su hijo fuera considerado “diferente”.

De repente se dio cuenta de que la única decisión que había tomado, fue extenderle la mano a Emilce, ( una tarde curiosamente parecida a ésta), en aquella sala de profesores, de su propio colegio, (aquél que sirviera, primero para educarlo, y ahora para sustentarlo, con sus varias horas-docentes, en la cátedra de Literatura ).

Pero mejor…, prefiere pasar rápido el período aquél, sobretodo por no estar seguro de lo que pasó (ni cómo).

Ahora, a sus cincuenta y uno, no tenía más remedio que encargarse de él mismo, y elegir un médico de cabecera no era poca cosa.

Estaba tranquilo con su clínico, el doctor Hilario Padilla, a quien había elegido, más que por sus logros científicos (realmente no los conocía), por la extraña sensación de contención que le brindara aquél hombretón, con cara de bueno, apariencia despistada, y esa rara forma de caminar que semejaba bastante un baile tribal.

La tarde anterior, Padilla, teniendo en cuenta los antecedentes del padre de Eliseo, había divagado un poco acerca de la prevención cardiovascular y del cáncer de próstata. A decir verdad, Eliseo no había entendido mucho porque su médico no era un dechado de atributos para la docencia; sin embargo, sentía una especie de seguridad derivada, tal vez, de su propia elección: hoy  tenía su propio clínico y,  esta vez, nadie había elegido por él.

Tan satisfecho y ensimismado estaba, cuando Padilla lo despidió, que no sólo no le dejó su bono, sino que ni siquiera le preguntó cuánto era la consulta.

Se percató de la falta recién durante la cena, cuando escuchando su propia masticación, recordando aquél beso, y pensando, por un momento, en su futuro…,  no fue capaz de ver más allá del carcinoma de próstata que, el inefable Padilla, le había pronosticado, entre risotadas, palmadas y ridículas comparaciones de las diferentes formas de morir que podían adoptar los seres humanos.

Pensó que podría ser conveniente pasar al día siguiente por aquellos modernos consultorios para cumplir con su deber de paciente nuevo. Además, su coquetería de “niño bien” se vería halagada con una excusa para cambiarse y salir de su rutina de docente.

 

Estaba recordando, cuando se abrió una puerta. Quizás la casualidad, la mala suerte, el azar, el destino u otra forma de explicar lo que no hace falta explicar,( y que de cualquier modo sucedería) hizo que, detrás de aquella puerta, se encontrara el doctor Sierra, el urólogo dispuesto a comenzar la atención del consultorio.

Quiso, también, este raro conjuro que en aquella sala de espera coincidieran sólo Eliseo, una joven embarazada, y una viejita. El médico, después de “otear” la pequeña concurrencia,  lo miró a Eliseo con cara de asesino, y sin palabras, con una seña difícil de no acatar, le abrió  la puerta, en un acto, que más que una cortesía, parecía el convite de un SS a pasar a la cámara de gas.

 

En el interior del consultorio, la simpatía de Sierra no mejoraba; enarcó las cejas y comenzó a verter conceptos que, supuestamente, Eliseo no conocía, y lo hacía cada vez con mayor vehemencia.

-Entiendo su incomodidad, mi amigo, pero vio cómo es esto de la prevención. Nada más acertado en Urología, que el famoso dicho “mejor prevenir que curar”. -¿No es cierto?.

Parecía preguntarle a Eliseo, pero sólo parecía, a juzgar por la actitud adoptada, de permanente pontificación, sin dejar lugar para el diálogo.

Eliseo ponía su mejor cara de conciliación, (ya le había tocado tratar con personas así), y asentía con la cabeza todo lo que Sierra afirmaba.

-¿Usted sabe que con un antecedente familiar de carcinoma prostático, tan cercano, uno de cada cinco descendientes pueden padecerlo? Esto no es cuento, mi amigo…, es pura estadística! La Medicina moderna se basa en Evidencias, vio? Y estas cifras cantan por sí mismas.

 

Eliseo comenzó a recordar el diálogo con Padilla, la tarde anterior, y no le quedaron dudas de que éste había transferido su caso a Sierra; y tampoco dudó de que su caso era mucho más serio de lo que las ridículas pantomimas de Padilla habían querido disimular. Comenzó a sentir un raro calor, asociado a una sensación de mareos, y unas ganas súbitas de vomitar. Tragó los escasos mililitros de saliva que le quedaron disponibles, luego de notar que también se le había secado la boca; y fue allí cuando escuchó:

-Bueno mi amigo, sáquese los pantalones, acuéstese en la camilla y relájese. Cuanto antes lo hagamos, más rápido terminaremos.

 

A esa altura Eliseo pensaba que no quería ser amigo de Sierra, no le gustaba una amistad que se basara en escuchar y obedecer, pero no estaba en condiciones de contradecirlo;  además, Eliseo ya había escuchado y obedecido durante toda su vida.

En eso estaba, cuando Sierra, acercándose a su lado, colocándose los guantes estériles dijo:

-Bueno, colóquese de costado, aflójese que no va a doler.

 

En ese mismo instante, Eliseo (tal vez como Cruz en su súbita decisión de pelear junto a Fierro), decidió que no permitiría jamás que lo lleven por delante(o por atrás): decidió también que empezaría a decir algún NO, decidió que no le importaba  la prevención (sobretodo cuando viene “de atropello”) y, en ese mismo momento, desde el fondo de su garganta seca, por el miedo y la impotencia, dijo con un hilito de voz….-PERO YO…,LE VENIA A TRAER EL BONO A PADILLA!!

 
 
 
  (*) Daniel Urosevich es Médico Especialista en Cardiología y Médico Jefe del Servicio de Cuidados Intensivos de Adultos del Hospital Interzonal de Agudos de Junín
   
    Correspondencia a:
duro452002@yahoo.com.ar
 
 
 
   
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