Relato

 
 
Agua

Por Federico Ferroggiaro  (*)

 
 

 

 
 
 

Si tuvieras memoria, Ernesto, te acordarías que una vez, apenas nos habíamos mudado juntos a nuestro primer departamento, escribiste que me sentías como un lago, como uno de los lagos del sur que conocíamos más por las postales que por nuestros ojos. No me lo explicaste nunca, después de todo, no era más que uno de esos mensajes que nos dejábamos antes en la heladera, sobre la mesada o junto al llavero de la puerta cuando salíamos a trabajar. Entonces pensé que estabas acusándome de cierta frialdad en mis actitudes, de una mansedumbre incompatible con tu carácter cambiante y feroz. Pero quise tranquilizarme, después, entendiendo que podías referirte a la belleza del paisaje, a esa sensación abrumante y sobrecogedora que habíamos experimentado al contemplar, en nuestra luna de miel, en Bariloche, el lago Nahuel Huapi. No sé por qué lo escribiste, pero yo nunca me sentí un lago, Ernesto. Ni lo soy.

 

            Por eso no comprendí en qué te había ofendido cuando, en la marea creciente de una discusión, te dije que nosotros dos, juntos, éramos agua. Porque aunque no te acuerdes, en cierta forma, vos habías sido el fundador de esa metáfora. Quizás hirió tu sensibilidad que yo, justamente yo, y mientras peleábamos, fuera capaz de apropiarme de ella, de ampliarla, de desarrollarla y, encima, te incluyera en los términos cuando a vos, siempre, te gustaba permanecer afuera de los comentarios. Y agregué que, mientras yo estaba serena, líquida y fluía en el cauce, vos te convertías en témpano, en glaciar, y me helabas con una gélida pared de desprecio e indiferencia. Y si, afectada por la crudeza del contacto, me contagiaba tu frialdad poblando nuestro curso con cardúmenes de miradas ausentes y gestos desganados, entonces, de inmediato, te evaporabas. Armabas tu bolso y te ibas sin discutir, diciéndome que te ibas a pescar con la lancha y que no te jodiera, que no te fuera a buscar porque no volverías. Pero, cumplidas las etapas del proceso que vos mismo definías a tu capricho, regresabas, ya sin tantos bríos, como un arroyito dulce y cálido desembocabas en mí, otra vez, plácido y sereno, entrabas en el delta que mi cuerpo expectante te ofrecía, te mezclabas en él, te confundías conmigo, nos uníamos de nuevo en el amor con oleadas de caricias, hechos el mismo mar, el mismo tacto, la misma agua. Una y otra vez, sin percibirlo, repetías el ciclo. Los dos: lo repetíamos. De un estado a otro, así, de golpe, como si el tedio que conlleva el fluir por la rutina, los años sin hijos, la armonía sostenida con tapujos y silencios, nos condujeran a una involuntaria imitación de la naturaleza.   

 

Porque éramos, y habíamos sido agua, Ernesto. Agua que brotaba, al principio, de límpidos y remotos manantiales. Pura, como fuimos antes, cuando nos conocimos en la Universidad, y vos decías que un día serías corresponsal de guerra o un consagrado escritor. O como cuando la corriente parecía retroceder, misterioso juego, y llegaban las reconciliaciones, los reencuentros, los retornos, porque vos volvías renovado y cristalino, después de noches desiertas y tardes sin tus llamados, y jurabas cambiar, permanecer, madurar lo suficiente como para no dejarte evaporar más por el calor de tus antojos inexplicables. También cataratas ruidosas, majestuosas, de agua que caía en violenta sinfonía durante las peleas, ésas que inventabas para que nos salpicáramos de insultos y forcejeos hasta empaparnos de odio. Escondidos entre bosques de excusas y palabras vanas, las cascadas de agreste discordia, arrojadas en un contexto feroz e inexplorado. Agua de berrinches, rápidos, de ira infantil que acometíamos cuando los celos o tus íntimos fracasos quebraban el cauce de la convivencia. Porque éramos agua, Ernesto: un río enorme, marrón por todo lo que arrastrábamos de tanto ir sin pausas por la vida, pero un solo río hecho de las mismas aguas, como éste que podemos ver desde nuestro balcón, este Paraná al que tanto te place escapar cuando decís que no tengo remedio, que soy insoportable y que ya no das más. Pero hubo un tiempo, remoto, en las alturas, en el que nos sentíamos unidos, compactos, sólidos, transitables y transitados. Como un río, Ernesto, como un río cuando nace. Habíamos hecho nuestra historia, teníamos nuestro lugar, nuestros recorridos, el lecho que nos albergaba y recibía siempre, todos los días, partes los dos de la misma amalgama, ya sin caídas ni saltos, con la pasiva aceptación de una cotidianeidad que fluye dentro de sus delimitados márgenes.

 

Con el tiempo, líquido, aprendí que si chocábamos, y tan a menudo sucedía, yo tenía que arrancarme la lengua antes de sugerirte la conclusión a la que había llegado y que, en las confesiones de mi terapia, me convencía cada vez un poco más. Queriendo refutarme, vos me colocabas en el rol de la piedra, del escollo que te oponía una resistencia, inútil, que vos sabías sortear con tus gambetas serpenteantes, con tu acuosa habilidad para extraer del fondo reproches sumergidos, dolores que yo creía naufragados. Y no podía convencerte, no puedo dejar de repetirlo: de que nosotros, Ernesto, éramos agua.

 

Y esa noche no me contuve, entendeme, se me escapó de nuevo. Siempre la misma estúpida, me dijiste. Eso me dijiste cuando te expliqué, quizás, por milésima vez, por qué pensaba que éramos agua. Ya sé que muchas veces, con o sin motivos, te había querido contar mi teoría. Ardías de bronca, de un odio de remolinos como si fuera yo la que te había construido los diques, la que había alzado, en tu camino, nefastas represas que te impedían continuar. Entonces, te fuiste. Armaste tu bolso negro con calzoncillos y camisas y, sin decir ni una palabra, rompiste unas botellas vacías, tiraste los cuadros de nuestros viajes y, como un maremoto, revolviste todo para después salir. Te ibas y me dejabas llorando, derrumbada en la cama con lágrimas negras de rimel y sin más amigas que quisieran escuchar, otra vez, cómo me abandonabas, sin otra excusa que tu egoísmo o tu ceguera. Recuerdo que me fui a bañar. Que el agua caliente me sedaba con húmedas caricias de gotas volcánicas y vapor. El llanto se mezclaba, entonces, con ese agua que manaba de la ducha y caía, se iba después, como vos, por la rejilla, gorgojeando tu nombre, Ernesto, partiendo para volver al río, luego, más tarde, cuando ya se hastiara de ir siguiendo el sendero de los caños. Y ese agua se iría como vos, cuesta abajo, por el río, como vos con tu lancha vieja, como dijeron que te fuiste, siguiendo la corriente, hacia el mar.

 

No te encontraron Ernesto. Sólo tu lancha destrozada, vuelta astillas y desechos, por el castigo que, obedeciendo a mis deseos, te había infligido la tormenta. De vos, Ernesto, no tenían nada. Ni siquiera un cuerpo azul e hinchado, tejido entre las algas verdes, percudido por la sal y quemado por el sol de este verano. Nada. Habías desaparecido, el agua te había devorado, te había asimilado para que vos también fueras ella, fueras agua Ernesto, como te negabas, como te resistías a serlo conmigo. Por eso, regresás ahora de otra forma, como yo decía, pero con la crueldad que tienen los hechos cuando dejan de ser aproximaciones y metáforas. Siento que me abrazás Ernesto, en cada gota minúscula, siento, parada en medio de la calle, semidesnuda, mientras los autos que no veo me esquivan, bajo el chaparrón, con la mirada de los vecinos que me desaprueban desde atrás de sus ventanas, que me toman por loca, que creen que, desde que te fuiste, yo pienso que sos agua, pero se equivocan, Ernesto, se equivocan, porque vos lo sabés: yo sé que somos agua desde antes y salgo a buscarte, a darte mi cuerpo líquido en cada lluvia, en cada instante en el que vos, vuelto sudor, garúa o tormenta, volvés a reunirte conmigo, a poseerme, a ser de nuevo los dos, la misma agua.

 

Federico G. Ferroggiaro

 
 
A 104 años de su nacimiento
Ramón Carrillo. La grandeza y el exilio
Relato
El Dotor
Relato
Samuel
Relato
Escenas de un hombre agotado
Elogio de la sombra
No son “sombras nada más”
Opinión
Leer con suspicacia
Relato
Agua
   
 
  (*) Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009).
Es miembro estable del Comité Editorial de Medicina&Cultura.
   
     
 
 
 
   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados