|
Si tuvieras memoria,
Ernesto, te acordarías que
una vez, apenas nos habíamos
mudado juntos a nuestro
primer departamento,
escribiste que me sentías
como un lago, como uno de
los lagos del sur que
conocíamos más por las
postales que por nuestros
ojos. No me lo explicaste
nunca, después de todo, no
era más que uno de esos
mensajes que nos dejábamos
antes en la heladera, sobre
la mesada o junto al llavero
de la puerta cuando salíamos
a trabajar. Entonces pensé
que estabas acusándome de
cierta frialdad en mis
actitudes, de una
mansedumbre incompatible con
tu carácter cambiante y
feroz. Pero quise
tranquilizarme, después,
entendiendo que podías
referirte a la belleza del
paisaje, a esa sensación
abrumante y sobrecogedora
que habíamos experimentado
al contemplar, en nuestra
luna de miel, en Bariloche,
el lago Nahuel Huapi. No sé
por qué lo escribiste, pero
yo nunca me sentí un lago,
Ernesto. Ni lo soy.
Por eso no
comprendí en qué te había
ofendido cuando, en la marea
creciente de una discusión,
te dije que nosotros dos,
juntos, éramos agua. Porque
aunque no te acuerdes, en
cierta forma, vos habías
sido el fundador de esa
metáfora. Quizás hirió tu
sensibilidad que yo,
justamente yo, y mientras
peleábamos, fuera capaz de
apropiarme de ella, de
ampliarla, de desarrollarla
y, encima, te incluyera en
los términos cuando a vos,
siempre, te gustaba
permanecer afuera de los
comentarios. Y agregué que,
mientras yo estaba serena,
líquida y fluía en el cauce,
vos te convertías en
témpano, en glaciar, y me
helabas con una gélida pared
de desprecio e indiferencia.
Y si, afectada por la
crudeza del contacto, me
contagiaba tu frialdad
poblando nuestro curso con
cardúmenes de miradas
ausentes y gestos
desganados, entonces, de
inmediato, te evaporabas.
Armabas tu bolso y te ibas
sin discutir, diciéndome que
te ibas a pescar con la
lancha y que no te jodiera,
que no te fuera a buscar
porque no volverías. Pero,
cumplidas las etapas del
proceso que vos mismo
definías a tu capricho,
regresabas, ya sin tantos
bríos, como un arroyito
dulce y cálido desembocabas
en mí, otra vez, plácido y
sereno, entrabas en el delta
que mi cuerpo expectante te
ofrecía, te mezclabas en él,
te confundías conmigo, nos
uníamos de nuevo en el amor
con oleadas de caricias,
hechos el mismo mar, el
mismo tacto, la misma agua.
Una y otra vez, sin
percibirlo, repetías el
ciclo. Los dos: lo
repetíamos. De un estado a
otro, así, de golpe, como si
el tedio que conlleva el
fluir por la rutina, los
años sin hijos, la armonía
sostenida con tapujos y
silencios, nos condujeran a
una involuntaria imitación
de la naturaleza.
Porque éramos, y habíamos
sido agua, Ernesto. Agua que
brotaba, al principio, de
límpidos y remotos
manantiales. Pura, como
fuimos antes, cuando nos
conocimos en la Universidad,
y vos decías que un día
serías corresponsal de
guerra o un consagrado
escritor. O como cuando la
corriente parecía
retroceder, misterioso
juego, y llegaban las
reconciliaciones, los
reencuentros, los retornos,
porque vos volvías renovado
y cristalino, después de
noches desiertas y tardes
sin tus llamados, y jurabas
cambiar, permanecer, madurar
lo suficiente como para no
dejarte evaporar más por el
calor de tus antojos
inexplicables. También
cataratas ruidosas,
majestuosas, de agua que
caía en violenta sinfonía
durante las peleas, ésas que
inventabas para que nos
salpicáramos de insultos y
forcejeos hasta empaparnos
de odio. Escondidos entre
bosques de excusas y
palabras vanas, las cascadas
de agreste discordia,
arrojadas en un contexto
feroz e inexplorado. Agua de
berrinches, rápidos, de ira
infantil que acometíamos
cuando los celos o tus
íntimos fracasos quebraban
el cauce de la convivencia.
Porque éramos agua, Ernesto:
un río enorme, marrón por
todo lo que arrastrábamos de
tanto ir sin pausas por la
vida, pero un solo río hecho
de las mismas aguas, como
éste que podemos ver desde
nuestro balcón, este Paraná
al que tanto te place
escapar cuando decís que no
tengo remedio, que soy
insoportable y que ya no das
más. Pero hubo un tiempo,
remoto, en las alturas, en
el que nos sentíamos unidos,
compactos, sólidos,
transitables y transitados.
Como un río, Ernesto, como
un río cuando nace. Habíamos
hecho nuestra historia,
teníamos nuestro lugar,
nuestros recorridos, el
lecho que nos albergaba y
recibía siempre, todos los
días, partes los dos de la
misma amalgama, ya sin
caídas ni saltos, con la
pasiva aceptación de una
cotidianeidad que fluye
dentro de sus delimitados
márgenes.
Con el tiempo, líquido,
aprendí que si chocábamos, y
tan a menudo sucedía, yo
tenía que arrancarme la
lengua antes de sugerirte la
conclusión a la que había
llegado y que, en las
confesiones de mi terapia,
me convencía cada vez un
poco más. Queriendo
refutarme, vos me colocabas
en el rol de la piedra, del
escollo que te oponía una
resistencia, inútil, que vos
sabías sortear con tus
gambetas serpenteantes, con
tu acuosa habilidad para
extraer del fondo reproches
sumergidos, dolores que yo
creía naufragados. Y no
podía convencerte, no puedo
dejar de repetirlo: de que
nosotros, Ernesto, éramos
agua.
Y esa noche no me contuve,
entendeme, se me escapó de
nuevo. Siempre la misma
estúpida, me dijiste. Eso me
dijiste cuando te expliqué,
quizás, por milésima vez,
por qué pensaba que éramos
agua. Ya sé que muchas
veces, con o sin motivos, te
había querido contar mi
teoría. Ardías de bronca, de
un odio de remolinos como si
fuera yo la que te había
construido los diques, la
que había alzado, en tu
camino, nefastas represas
que te impedían continuar.
Entonces, te fuiste. Armaste
tu bolso negro con
calzoncillos y camisas y,
sin decir ni una palabra,
rompiste unas botellas
vacías, tiraste los cuadros
de nuestros viajes y, como
un maremoto, revolviste todo
para después salir. Te ibas
y me dejabas llorando,
derrumbada en la cama con
lágrimas negras de rimel y
sin más amigas que quisieran
escuchar, otra vez, cómo me
abandonabas, sin otra excusa
que tu egoísmo o tu ceguera.
Recuerdo que me fui a bañar.
Que el agua caliente me
sedaba con húmedas caricias
de gotas volcánicas y vapor.
El llanto se mezclaba,
entonces, con ese agua que
manaba de la ducha y caía,
se iba después, como vos,
por la rejilla, gorgojeando
tu nombre, Ernesto,
partiendo para volver al
río, luego, más tarde,
cuando ya se hastiara de ir
siguiendo el sendero de los
caños. Y ese agua se iría
como vos, cuesta abajo, por
el río, como vos con tu
lancha vieja, como dijeron
que te fuiste, siguiendo la
corriente, hacia el mar.
No te encontraron Ernesto.
Sólo tu lancha destrozada,
vuelta astillas y desechos,
por el castigo que,
obedeciendo a mis deseos, te
había infligido la tormenta.
De vos, Ernesto, no tenían
nada. Ni siquiera un cuerpo
azul e hinchado, tejido
entre las algas verdes,
percudido por la sal y
quemado por el sol de este
verano. Nada. Habías
desaparecido, el agua te
había devorado, te había
asimilado para que vos
también fueras ella, fueras
agua Ernesto, como te
negabas, como te resistías a
serlo conmigo. Por eso,
regresás ahora de otra
forma, como yo decía, pero
con la crueldad que tienen
los hechos cuando dejan de
ser aproximaciones y
metáforas. Siento que me
abrazás Ernesto, en cada
gota minúscula, siento,
parada en medio de la calle,
semidesnuda, mientras los
autos que no veo me
esquivan, bajo el chaparrón,
con la mirada de los vecinos
que me desaprueban desde
atrás de sus ventanas, que
me toman por loca, que creen
que, desde que te fuiste, yo
pienso que sos agua, pero se
equivocan, Ernesto, se
equivocan, porque vos lo
sabés: yo sé que somos agua
desde antes y salgo a
buscarte, a darte mi cuerpo
líquido en cada lluvia, en
cada instante en el que vos,
vuelto sudor, garúa o
tormenta, volvés a reunirte
conmigo, a poseerme, a ser
de nuevo los dos, la misma
agua.
Federico G. Ferroggiaro |